Entrevista en el Diario El Observador a la Directora del Centro Morel y del Hogar Retoño, Psicóloga Susana Rapalini...
"Algo que marcó mi infancia fue que no me gustaba la familia pequeña" En cada ambiente del Hogar Retoño, en el Prado, un niño se le abalanza cuando ella entra. Para todos tiene una palabra de afecto y hasta los bebés abandonados se la agradecen con una sonrisa. Susana Rapalini ha dedicado más de media vida a la atención de los marginados y eso le da autoridad para hablar sobre ellos. Sabe que su obra social tiene problemas económicos y que no recibió todavía toda la solidaridad de los uruguayos, pero no se queja. Un grupo de adolescentes con inquietudes sociales la llevó en la década de 1960 al barrio Lavalleja y, desde entonces, varias generaciones de familias carenciadas encontraron en ella un apoyo para mejorar su calidad de vida. Rapalini no ostenta un gran discurso, simplemente trabaja PEDRO SILVA DE LA REDACCIÓN DE EL OBSERVADOR
Cuando combinamos la entrevista usted dijo que no le gustaba hablar de sí misma. ¿Por qué?
Porque lo importante es lo que se hace, no quién lo hace. Yo no hago nada sola, todo el trabajo lo realizo con un equipo de gente. La vida me puso en esto y siempre me pregunto qué habré hecho que vivo con gastritis y la plata nunca me alcanza, pero si volviera a nacer haría lo mismo. ¿Siempre trabajando para los demás? Me gustan mucho los niños. Primero armamos el Centro Morel, hace 32 años, y hace dos años abrimos el Hogar Retoño, donde veo cómo florecen y salen adelante los niños. Antes de hablar de su obra, ¿dónde transcurrió su infancia? En Montevideo. Viví en una familia pequeña compuesta por mis padres y un hermano. Tuve muy buenos padres. Mi madre era de profesión labores, como se decía en aquella época a las tareas en la propia casa, y mi padre fue gerente en una empresa. ¿Qué recuerdo marcó su infancia? Tuve una infancia de clase media común, pero muy linda. Era otro tipo de familia, sin televisión y con abuelos. Algo que marcó mi infancia fue que no me gustaba la familia pequeña. No me gustaba la familia cerrada y después me fui al otro extremo: busqué una familia abierta a los amigos míos y a los de mis hijos. No siempre me dediqué a lo que hago ahora. Por ejemplo, soy profesora de música y dicté clases durante años, aunque no era mi vocación. ¿Por qué lo hizo? Porque me gustó. No tenía ningún antecedente de músicos en la familia, pero estudié piano, acordeón, solfeo y dicté clases muchos años. Después empecé a trabajar en un liceo y me vinculé al mundo de los adolescentes, que me encanta. Ese primer contacto masivo con adolescentes, ¿definió su rumbo? Tal vez, porque los adolescentes son muy inquietos. En 1965 existían los cantegriles, donde vivía la población marginal o espontánea. La primera vez que llegué al barrio Lavalleja fue ese año con un grupo de liceales con inquietudes sociales. Yo me había vinculado al liceo cuando anoté a mi hija y ellos me plantearon trabajar en la secretaría. ¿Y cuándo estudió psicología? De grande, cuando me di cuenta que para trabajar con la población marginal no alcanza con la buena voluntad. ¿Nunca vivió la tensión de compartir su vida con los pobres del barrio? Siempre estuve muy compenetrada con sus habitantes, pero nunca se me ocurrió que tenía que vivir con ellos. Yo cruzaba el barrio a las tres de la mañana y nunca me pasaba nada. Eran otros tiempos. ¿En qué rubro empezó a trabajar? En lo social, primero a través de un comedor y luego con un proyecto más completo para niños que necesitan otro tipo de apoyo. Cuando se decidió a estudiar psicología, ¿qué buscaba entender? Sólo buscaba una herramienta para trabajar en el cambio de vida de la gente marginada, pero no alcanzó con la psicología y estudié también la psicagogía, que es una psicopedagogía que atiende la personalidad del individuo con problemas generados por el ambiente. Se trata de los problemas que generan las carencias con las que convive el individuo cuando nace. Se podría hablar muchísimo sobre cómo arma su personalidad el niño que nace en ambientes donde viven hacinados, con poca luz, con pocos estímulos. ¿En qué momento se tiró al agua con el Centro Morel? En junio de 1969. ¿Cómo funciona? Atendemos todas las edades. Por ejemplo, los escolares vienen después de la escuela, hacen los deberes y juegan, porque nuestro apoyo no es sólo curricular sino también por las carencias que sufren en la personalidad. Sumando todos los servicios atendemos a unos 500 chicos. Tenemos más de un centenar de preescolares y otro tanto de escolares. Hay unos 20 liceales a los que ayudamos en distintas materias para que no abandonen los estudios. Y tenemos un comedor externo, donde comen los que están en nuestros programas educativos y aquellos a los que sólo les podemos dar alimentación. ¿En algún momento podrá dar por cumplida la tarea? Fue un sueño, pero no vamos a terminar nunca. Primero porque no cubrimos a toda la población del barrio y después porque siempre habrá pobreza, violencia y delincuencia. Es lamentable, pero es cierto. Lo que queremos es mejorar la calidad de vida de la población, como lo logramos con los niños que atendemos. Nosotros hicimos un estudio y el 100% de los niños que fue atendido desde el primer año de vida tuvo éxito escolar; en cambio, de los que ingresaron a los 5 años de vida a nuestros programas, sólo el 53% tuvo éxito. Eso demuestra que cuanto antes se atienda a los niños mejor será su rendimiento. ¿Cuáles son los casos más difíciles? Todos los casos son complejos y la pobreza influye, pero los más difíciles son los niños que han padecido violencia. Son los más perjudicados, tienen bloqueos emocionales y hay que trabajar mucho con la familia. Además, muchas veces las familias violentas son las que menos se acercan. ¿Por qué aceptó abrir el Hogar Retoño para bebés abandonados? Me lo planteó en 1997 el Instituto Nacional del Menor (Iname) por mi experiencia con niños y me encantó la idea, así que presentamos un proyecto y nos pusimos en marcha el 31 de mayo de 1999. Fue el primer servicio para bebés abandonados en Uruguay y los resultados fueron asombrosos. ¿Cómo llegan los niños? La mayoría por decisión judicial. En otros casos llegan porque fueron abandonados o porque sus padres no pueden tenerlos y piensan recuperarlos en otro momento. ¿Qué diferencia hay entre los bebés y los niños del barrio Lavalleja? Los niños del barrio Lavalleja tienen su familia, los bebés están siempre con nosotros. Desde que abrimos hasta el 30 de abril pasado llegaron 86 niños al Hogar. De ellos, 31 fueron entregados en adopción (36%), 18 volvieron con sus familias (21%), dos fueron a hogares especiales y 35 están con nosotros. Como este Hogar se abrió con la intención de atender edades de 0 a 3 años y hasta un máximo de 30 bebés, y esas expectativas fueron desbordadas, estamos trabajando para armar un hogar permanente. Porque, ¿adónde los vamos a mandar? No podemos trasplantarlos a otro lugar porque si queremos sacar niños armónicos no debemos jugar con sus sentimientos. Ese hogar lo quiero construir en el fondo del predio del Hogar Retoño y supongo que tendré el apoyo de todos. ¿Cuáles son las causas que provocan el abandono de los bebés? Son muchas. Los bebés abandonados son hijos de padres imposibilitados de responder a las necesidades básicas, de madres solteras, de padres desconocidos, de adolescentes. De padres con discapacidad intelectual, adictos a las drogas, portadores de VIH, con patologías psiquiátricas, con trastornos de conducta, ex menores del Iname, que no tienen trabajo y carecen de domicilio o vivienda adecuada. ¿Se pueden revertir las desventajas que otorgan esos niños? Sí. Son niños normales que van a escuelas normales. Uno de mis desafíos, que nunca comenté hasta ahora, es que aspiro a que estos niños que trabajan con nosotros puedan ser adoptados a cualquier edad porque han recibido todo lo necesario. Le digo: cualquier niño grande que usted pueda llevarse de acá es un tesoro. Después de recibir la atención en su hogar, ¿no hay un riesgo de retroceso si vuelven a su ambiente? No importa la pobreza, sino el vínculo que tienen con su familia. Los niños que no se van son los que han vivido episodios de violencia y tampoco los padres los piden. ¿Usted cómo considera a esos niños? Los quiero y quiero lo mejor para ellos. ¿Cuál es su meta con estos niños? Sacar personas normales, niños que tengan las mismas oportunidades de estudiar y hacer una carrera. Que puedan volver con sus familias o sean adoptados. Y crear un ámbito lo más familiar posible para los que no puedan. ¿Recuerda algún fracaso? Muchos, aunque no los tomamos como algo personal. Uno de ellos es cuando me entero que algún muchacho que pasó por el Centro Morel está cometiendo actos delictivos o está preso. No son muchos, pero hay dos o tres. Si pasa raya, ¿cuál ha sido su principal logro? Haber recibido mucho de todos, porque uno se forma como persona en el intercambio. ¿Qué le queda por delante? Muchas ganas y poco tiempo. Cuando empezó su trabajo social, ¿tenía alguna idea previa? Quería ayudar a la gente a vivir mejor, porque una cosa es dar de comer y otra distinta educar. Siempre aproveché la visita de gente con poder de decisión para advertirles que iba a llegar un día en que la población marginal ocuparía más espacios en la sociedad. Es lo que está sucediendo ahora porque se casan más jóvenes y tienen más hijos. No se actuó en el momento oportuno y ahora es demasiado grande el problema. En 1985 hicimos congresos zonales con marginados y cinco años después los repetimos, pero analizando las consecuencias psicosociales de no tener buena vivienda, salud, educación y trabajo. Del primer congreso hicimos un documento que recorrió todo el país, del segundo ya ni lo publicamos. Nadie hizo nada. Cuando empezamos a trabajar en el barrio Lavalleja había 55 familias, ahora superan las 1.000. ¿De dónde sale la delincuencia? Por lo menos la que está molestando. Cuando usted escucha hablar de la delincuencia en el barrio 40 Semanas, ese es nuestro barrio Lavalleja. El 40 Semanas lo construyó el ex intendente Juan Carlos Paysée para desalojar de la Ciudad Vieja a la gente que vivía en los conventillos. Cuando llegaron al barrio se notó. Con los nuevos vecinos, ¿en qué cambió el trabajo? Cuando sacábamos muchos años atrás a los chicos de paseo los teníamos que vestir de arriba a abajo. Eso no pasa ahora. Cuando surgió la televisión color, al barrio entraban a vender los televisores blanco y negro y aunque no había luz los vecinos la conectaban a baterías que tenían en carritos. Aunque nosotros decimos que la televisión es una plaga para los chiquilines, a ellos les abrió una ventana al mundo. Ahora tienen luz, algunos se suscribieron a la televisión por cable y tienen videos. Viven distinto, viven mejor. Cuando llevamos a los niños de campamento suben al ómnibus con sus mochilitas y sus championes nuevos. No sé si es por las tarjetas de crédito, pero usted los ve mejor a los chiquilines. Antes, un día de lluvia no faltaba nadie, venían mojados y nosotros les cambiábamos los zapatos; ahora si llueve no viene nadie para no mojarse la ropa. Antes era comer sí o sí, ahora si llueve merma la cantidad de chiquilines. Hoy hay más madres con problemas psiquiátricos y más violencia; hay otro tipo de problemas, pero no hay tanta miseria. ¿Cómo aborda los problemas nuevos? Trabajamos mucho con los padres porque si usted educa al niño, y éste vuelve a la familia, desentona. Si uno les enseña a no robar, y en la familia necesitan que lo haga para comer, el niño recibe dos mensajes distintos. Un niño que estuvo con nosotros, desde que nació hasta los 8 años, vino un día llorando a decirnos que no le gustaba salir a pedir. Nos ha dado mucho resultado trabajar la autoestima con los padres. Un hecho que influyó en forma positiva es que llegó a vivir al barrio mucha gente que no es marginal. Gente que no podía pagar el alquiler y fue desalojada, pero que tiene hábitos de trabajo y otro modelo de vida. Su presencia en el barrio, ¿ayudó en su trabajo social? Sí, pero cada vez hay más gente y sigue habiendo pobreza. Después de haber trabajado más de tres décadas en el tema, ¿qué dimensión le otorga al problema de la marginalidad en Uruguay? Que haya un sector muy grande de la población que no tenga las mismas oportunidades es terrible. Todos hemos descendido un poco en los últimos tiempos, pero, ¿dónde está ahora el que estaba abajo? ¿Todos los chicos tienen la oportunidad de ir al liceo? Nosotros tenemos que hacer un trabajo especial con los padres para que entiendan que es importante que manden a sus hijos a estudiar, para que puedan hacer una carrera, porque por la falta de educación de ellos no la valorizan. Si pudiera pedirle algo a los uruguayos, ¿qué les pediría? Solidaridad. Nosotros lanzamos una campaña con la tarjeta OCA en el Montevideo Shopping Center para la donación de $ 1 y recaudamos $ 25 mil por mes, incluyendo los que aportaron $ 20 y $ 30 de una vez. Si los poseedores de las 253 mil tarjetas de OCA pusieran un peso ya tendríamos construido el hogar permanente para los bebés abandonados. Quisiera que los uruguayos entendieran que si estos niños mejoran, va a mejorar toda la sociedad. Ahora vivimos poniendo rejas en la puerta de las casas y agarrando fuerte la cartera cuando caminamos por la ciudad. Si se pudiera trabajar más con esta muchachada habría menos delincuencia. Este es un problema de Estado y tenemos que hacer más prevención con estos niños para tener menos después en la Colonia Berro. Ahí está el quid del asunto. Es que un niño que en sus primeros tres años de vida recibe todo lo que necesita —salud, alimentación, afecto— tendrá una personalidad armónica. Estará mejor armado para enfrentar los problemas que siempre plantea la vida. Hay muchas personas e instituciones, públicas y privadas, que están haciendo lo posible, pero el problema desborda. PERFIL Susana Rapalini Psicóloga Susana Rapalini nació el 5 de diciembre de 1939 en Montevideo, es viuda, tiene ocho hijos y dos nietos. Fue profesora de música y se recibió de psicóloga. En 1976 obtuvo el título de psicagoga y en 1981 un posgrado en sexología. Fundó en 1969 y dirige el Centro Educativo Asistencial Luis María Morel y el 31 de mayo de 1999 inauguró el Hogar Retoño para bebés de alto riesgo en convenio con el Instituto Nacional del Menor. Por su trabajo en el Centro Morel recibió el premio Diamante de la Sociedad (1997) y el Rotary Internacional le entregó el año pasado el premio Paul Harris.
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